El precio de ser visible
- 1 dic 2025
- 3 min de lectura

-Anaite Barrera
Vivimos en una época en la que mostrarse al mundo se ha vuelto parte de la rutina. Subimos fotos, compartimos videos, damos reseñas y mostramos lo que comemos o cómo nos sentimos. Las redes sociales nos han permitido ser vistos, pero muchas veces esa visibilidad tiene un costo alto “el hate”, los comentarios negativos y el juicio constante de los demás. Aunque parezca algo normal en internet, detrás de cada pantalla hay una persona que puede resultar herida. La libertad de expresión no debería ser una excusa para la falta de empatía.
Las redes sociales nacieron para conectar a la gente, pero hoy se han convertido en un lugar donde todos opinan sobre todos. Basta solo un comentario, una publicación o incluso una foto para recibir críticas o burlas. El anonimato ha hecho que muchas personas se sientan con la libertad de atacar sin pensar en las consecuencias. Es fácil escribir algo hiriente cuando no se mira a los ojos del otro. El problema es que ese otro sí siente, y muchas veces esas palabras pueden dejar marcas e inseguridades en la persona dueña del perfil.Algunos podrían decir que quien se expone en redes debe aceptar las críticas, pero eso no justifica los comentarios dañinos. Detrás de cada publicación hay una historia, un esfuerzo o un sentimiento que muchas veces no se ve.
En mi caso, he recibido distintos tipos de hate. Al decidir mostrar parte de mi vida en redes sociales, muchas personas se han tomado la libertad de juzgar cosas mínimas, sin pensar que esos comentarios pueden generarme inseguridades. Aunque se suele creer que el hate proviene casi siempre de usuarios anónimos, en mi caso lo he recibido incluso de amigos y familiares que se sienten con el derecho de opinar sobre lo que comparto.
Un ejemplo muy claro fue cuando me vine a estudiar a México. Como parte de mi preparación como actriz, tuve que neutralizar mi acento para poder trabajar en producciones, lo que hizo que ya casi no tuviera mi acento guatemalteco. Al principio, eso se volvió un problema de identidad para mí. Con el tiempo, las personas comenzaron a comentar la forma en que hablaba o las palabras que usaba, sin saber que detrás de todo eso había un trabajo intenso y complicado que tuve que realizar.
Sin duda, esto me parece una clara falta de responsabilidad digital. Muchas personas creen que publicar un comentario negativo no tiene consecuencias reales, pero sí las tiene. Existen estudios de organizaciones como UNICEF o la ONU que han señalado que el acoso en línea puede generar ansiedad, depresión e incluso pensamientos autodestructivos, especialmente entre adolescentes. Las palabras pueden doler tanto como los golpes, aunque no sean visibles.
En mi caso, llegó un momento en el que todo esto empezó a afectarme tanto que ya no quería seguir creando contenido en redes sociales, simplemente por el miedo a recibir comentarios negativos. Es bastante difícil estar sola en otro país como para, además, tener que soportar las críticas constantes de amigos, familiares y, por supuesto, de desconocidos en internet.
Aun así, no todo está perdido. Las redes también pueden ser espacios de apoyo, de creatividad y de cambio positivo. Depende de cómo las usemos. Si cada uno asumiera un poco más de empatía digital, el hate perdería poder. Comentar con respeto, pensar antes de publicar y recordar que detrás de cada cuenta hay alguien real son pequeños pasos que pueden marcar la diferencia.
Ser visible en internet tiene un precio, sí, pero no debería ser el de perder la paz mental. La exposición no justifica el odio. Todos tenemos derecho a compartir quiénes somos sin miedo a ser atacados. Las redes pueden ser un espacio de apoyo y expresión si se usan con empatía. Recordemos que detrás de cada pantalla hay una persona que siente. Si las redes reflejan lo que somos como sociedad, entonces deberíamos preguntarnos: ¿qué tipo de reflejo queremos dejar?



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